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¿Por qué existe la islamofobia?

Recuperamos este artículo de Daniel Gil-Benumeya, profesor la Universidad Complutense de Madrid (UCM) e investigador y colaborador de la Fundación de Cultura Islámica, y Laura Mijares, profesora de la UCM, publicado para El Salto Diario. El artículo profundiza en las causas y elementos estructurales sobre los que se construye la islamofobia, ofreciendo una definición actualizada de este término.

Islamofobia no es, a pesar de su nombre, miedo al islam. En realidad, es un fenómeno complejo compuesto de varios factores. Por una parte, es una forma de racismo contra las personas musulmanas o leídas como tales, independientemente de cuál sea su práctica religiosa efectiva. Racismo en dos sentidos: primero, porque «racializa» a las personas musulmanas, es decir, les atribuye una serie de características que tienden a funcionar como clave explicativa de todo lo que piensan, dicen o hacen, igual que el racismo biologicista atribuía a las «razas» humanas diferentes capacidades y tendencias de comportamiento. Bajo una mirada islamófoba, una persona musulmana está inexorablemente determinada por su pertenencia al islam, por su «musulmaneidad», que se define de acuerdo con el conjunto de representaciones que desde las sociedades no musulmanas se tiene de lo que significa ser musulmán. La mayor evidencia de ello, aunque no la única, es el discurso sobre la «radicalización». Porque ¿qué significa radicalizarse sino desarrollar plenamente un comportamiento que se supone latente? Una vez establecido que el islam es intrínsecamente violento, el mito de la «radicalización exprés» significa que cualquier persona de religión o cultura musulmana es susceptible de convertirse de un día para otro en asesino de masas. A la inversa, se crea una categoría de personas musulmanas aceptables, que son los «moderados», es decir, por definición aquellas que no desarrollan del todo las potencialidades (perversas) de su religión o su cultura.

La islamofobia, naturalmente, también es racismo en un sentido más clásico: la inmensa mayoría de los musulmanes y musulmanas no son «blancos», y esto no tiene nada que ver solo con el tono de piel, sino sobre todo con las lógicas coloniales de jerarquización del mundo. En este sentido, la islamofobia naturaliza la utilización de expresiones de racismo más groseras. En toda Europa, el rechazo al «paki», al «beur», al moro, es el resultado de la problematización del islam y la diferencia cultural.

La islamofobia «racializa» a las personas musulmanas, es decir, les atribuye una serie de características que tienden a funcionar como clave explicativa de todo lo que piensan, dicen o hacen.

 

Por tanto, la islamofobia es también, por otra parte, una determinada construcción del islam como religión y cultura monolítica, estática e intrínsecamente violenta, machista, etcétera, lo que permite el cuestionamiento de su legitimidad y su presencia en las sociedades pretendidamente «ilustradas» y «laicas» del Norte global. En esto reside una de las dificultades para afrontar la islamofobia, porque el discurso islamófobo interfiere interesadamente en la crítica legítima que pueden suscitar determinados enfoques o ideologías que se reclaman del islam.

La islamofobia, en el siglo XXI, es tan respetable en las sociedades del Norte como el antisemitismo cien años atrás. De hecho, basta sustituir judíos o judaísmo por musulmanes o islam en multitud de titulares y declaraciones tanto de entonces como de ahora para pasar automáticamente de una intolerable muestra de racismo —susceptible de acarrear consecuencias penales— a una simple manifestación de sentido común, más o menos decantada políticamente pero por la que poca gente se llevaría las manos a la cabeza. Prueba de ello es el escaso interés que suscita su análisis político, a veces incluso en sectores que se reclaman antirracistas, más allá de considerarla como un recurso electoral de la ultraderecha.

Las primeras polémicas del velo en Francia, serían imposibles sin las lógicas subyacentes según las cuales el cuerpo de las mujeres es patrimonio público y Occidente o la cultura eurocéntrica tiene el privilegio de definir dónde empieza la liberación y dónde la discriminación, qué es universal y qué es particular.

La islamofobia encaja en unos marcos de pensamiento sólidamente anclados en la estructura cognitiva de la Modernidad: el racismo, el sexismo y la clase social. El racismo naturaliza el papel que determinadas zonas del mundo y sus habitantes deben ocupar en la estructura productiva y social global, y el sexismo aplica la misma naturalización en función del género. La idea de que el islam se opone a la modernidad y amenaza los «valores europeos» se ha construido alrededor sobre todo de la opresión, subordinación y necesidad de salvación de las mujeres musulmanas. La islamofobia es siempre una cuestión de género, no solo porque las mujeres se vean afectadas más que los hombres, sino sobre todo porque se instrumentaliza la cuestión de la discriminación de las mujeres para justificar y legitimar políticas islamófobas. Para la industria de la islamofobia es central la producción a escala global de mujeres musulmanas que necesitan ser salvadas. Los debates sobre el cuerpo de las mujeres musulmanas, que ocupan gran parte del repertorio islamófobo desde que surgieron las primeras polémicas del velo en Francia, serían imposibles sin las lógicas subyacentes según las cuales el cuerpo de las mujeres es patrimonio público y Occidente o la cultura eurocéntrica tiene el privilegio de definir dónde empieza la liberación y dónde la discriminación, qué es universal y qué es particular.

Los elementos estructurales, susceptibles de adquirir diferentes «coloraciones» raciales, se combinan pues en el caso de la islamofobia con un cuarto, que es el extenso repertorio eurocéntrico, cristianocéntrico y colonial que tiene en el islam a su gran otro. Ese repertorio, que analizó Edward Said para el caso del colonialismo europeo y que tiene en el caso español características propias, se activa, desactiva y reconfigura en función de los intereses estratégicos de cada momento.

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