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La repatriación como ritualidad funeraria

Artículo de Jordi Moreras* publicado originalmente en el nº 65 de la revista Afkar (IEMed)

 

En los últimos dos años, hemos vivido una situación global de muerte colectiva, no solo marcada por la sobremortalidad, sino también por la manera en que hemos tenido que despedir a nuestros difuntos. Las restricciones sanitarias limitaron las ceremonias fúnebres, muchos duelos familiares quedaron suspendidos, los servicios funerarios rozaron el colapso y determinadas ritualidades funerarias tuvieron que ser reemplazadas de la noche al día. El confinamiento social y la restricción de la movilidad supuso también la interrupción inmediata del traslado post mortem entre países, que constituye la práctica funeraria más importante para el colectivo musulmán europeo.

 

En países como Francia, Alemania o Países Bajos, se calcula que entre el 75% y el 90% de los difuntos musulmanes acaban siendo repatriados. Una parte importante de las familias musulmanas europeas tienen contratadas coberturas de seguros para cubrir los gastos derivados de la repatriación en caso de defunción. En el contexto de unas comunidades musulmanas plenamente incorporadas en las sociedades europeas, la prevalencia de la repatriación se explica como la expresión de un deseo de reconstrucción genealógica con respecto de un origen, de reconciliación individual con respecto a unos vínculos familiares que, al mismo tiempo, se convierte en expresión de las pertenencias identitarias. No puede afirmarse que la repatriación sea la consecuencia de una ausencia de parcelas reservadas en cementerios públicos: en Francia y Alemania existen unas 200 en cada país, en Países Bajos unas 80, y 24 solo en la región del Gran Londres. A esta lista hay que añadir también una quincena de cementerios musulmanes privados repartidos por toda Europa.

 

En otros países (como es el caso de España, que dispone de un escaso número de parcelas reservadas), la interrupción de las repatriaciones ha supuesto tener que desarrollar alternativas urgentes para poder inhumar dignamente a los difuntos musulmanes. Los representantes musulmanes incrementaron sus demandas a las autoridades, reclamando una solución a la falta de estos espacios.

 

Con la perspectiva de la situación vivida, y una vez que se han vuelto a abrir las fronteras y se retoman las repatriaciones (que, sin duda, seguirá siendo una tendencia que se mantendrá en un futuro inmediato), vale la pena realizar un breve balance de las prácticas funerarias de musulmanes en Europa y en España.

 

La repatriación como ritual funerario

 

La pandemia reveló a las sociedades europeas la trascendencia de este fenómeno de movilidad fúnebre. La interrupción del traslado internacional de cadáveres (Marruecos cerró sus fronteras aéreas en marzo de 2020) afectó directamente a la repatriación como ritualidad funeraria que se lleva a cabo en una dimensión transnacional. Y como tal, la repatriación supone un proceso complejo en el que confluyen toda una serie de elementos a considerar. En primer lugar, el traslado internacional de cadáveres implica conectar dos sistemas de gestión funeraria, puesto que más allá del estricto cumplimiento de la normativa internacional (Acuerdo de Berlín de 1937, actualizado por el Acuerdo de Estrasburgo de 1973, en vigor en España desde 1992), la repatriación supone también implicar dos formas diferentes de comprender la muerte y el tratamiento del cuerpo del difunto. Segundo, la repatriación y todo aquello que le acompaña –desde la toma de decisión (como última voluntad del difunto/a o, en caso de que esta no fuera expresada, la que fuera asumida por la familia o el colectivo al que pertenecía), el cuidado y la atención ritualizada del cuerpo, su acompañamiento durante el viaje y la inhumación final–, implica una tensión esencial entre una lógica familiar-comunitaria y una lógica legal-empresarial. Tercero, la decisión de repatriar se encuentra inserta en la dimensión de las pertenencias, pues decidir dónde uno quiere ser inhumado supone dar testimonio (¿quizá por última vez?) de una adhesión identitaria concreta. Cuarto, la repatriación incorpora también una dimensión relacionada con la experiencia del duelo, puesto que el lapso temporal que media entre la defunción, el traslado y la inhumación, nos permite hablar de duelos diferidos, experimentados por aquellos familiares y allegados que se encuentran en uno u otro territorio. Y, la última cuestión, pero no menos importante, tiene que ver con la apropiación comunitaria de los difuntos –tanto en la atención de su cuerpo como también respecto de su recuerdo–, que actúa como un mecanismo de refuerzo de un sentir colectivo, del que son muy conscientes las estructuras asociativas, así como las instituciones consulares de los países de origen, que se muestran especialmente atentas para intervenir en estos traslados, facilitando el retorno de los difuntos a su tierra natal.

 

La autogestión funeraria comunitaria

 

Cada sociedad, de acuerdo con su cultura funeraria, ha elaborado una definición canónica de lo que se entiende por “buena muerte”. Ese ideal, no siempre conseguido, define la manera en que se debe proceder en relación con el cuidado del difunto y de sus familiares más próximos. Y en este sentido, el lugar en que debe reposar el cuerpo del difunto también forma parte de este ideal. La expresión “morir lejos de casa” supone afirmar que una mala forma de morir es aquella que se produce lejos del lugar al que, primariamente, se pertenece. De ahí los esfuerzos destinados a poder “recuperar” el cuerpo de los difuntos que desaparecieron lejos. La movilidad post mortem, pues, se entiende como una forma de reparación del otro infortunio que agrava aún más la tragedia de la muerte: el hecho de morir alejado de parientes y amigos.

 

Durante las últimas décadas, los colectivos musulmanes europeos han ido convirtiendo la atención de sus difuntos en norma comunitaria, puesto que su infortunada desaparición ya no es considerada como algo excepcional, sino como constante demográfica. Ello ha supuesto el desarrollo de un principio de autogestión funeraria comunitaria, que no solo debía activar la solidaridad colectiva siguiendo una lógica familiar o grupal, sino que también implicaba tener que tratar con otros dos ámbitos que se basaban en una lógica más institucional y burocrática: por un lado, negociando con empresas de seguros o de servicios funerarios para llevar a cabo todas las acciones requeridas en el tratamiento del cadáver. Y, por otro, contando con la intervención de las respectivas instancias consulares de los países de origen que se encargan de la tramitación administrativa de los permisos necesarios para el traslado internacional de difuntos.

 

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(*) Profesor lector Serra Húnter del departamento de Antropología, Filosofía y Trabajo Social de la Universidad Rovira i Virgili, Tarragona

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