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Es necesaria una red transatlántica de lucha contra la islamofobia

Publicado originalmente por Colectivo contra la Islamofobia en Francia (CCIF), el 2 de mayo de 2016.

 

La población musulmana de Francia siempre ha existido bajo la sombra del escrutinio y la incomprensión. El atentado de París en noviembre de 2015 ha hecho que la situación haya empeorado considerablemente. El gobierno francés tampoco ha buscado calmar los ánimos, ni desafiar el ambiente antimusulmán que se ha intensificado tras el atentado. De hecho, la retórica belicista del presidente francés, François Hollande, que sirve para tranquilizar el nerviosismo a nivel doméstico, hace más difícil que los musulmanes franceses puedan vivir su vida con un sentido de cotidianidad o normalidad.

 

La herencia de dominación colonial francesa afecta al presente. La colonización de varios países musulmanes ha dado lugar a una tendencia que ve a los musulmanes como menos iguales que los “auténticos” ciudadanos franceses. De los pueblos una vez explotados al norte y sur del Sáhara han nacido nuevas generaciones que son ciudadanos franceses de pleno derecho y exigen un tratamiento igualitario, algo totalmente inconcebible para los herederos del imperio colonial francés. Sin embargo, a pesar de que la sociedad francesa se esté haciendo más diversa étnica y religiosamente, las políticas que se llevan a cabo favorecen la exclusión y no la inclusión. Estas van desde el intento de repeler el ius soli al racismo estructural que destacan varios estudios y delitos de odio. El racismo en Francia ha evolucionado, pasando de cebarse con la gente por su país de origen o color de piel, a hacerlo en base a la religión.

 

En el Colectivo contra la Islamofobia en Francia (CCIF) ha estado sonando la alarma desde 2003, con respecto al ascenso de la retórica y violencia antimusulmanas, aunque sin éxito. Bajo el pretexto de la libertad de expresión, la islamofobia se ha convertido en una forma aceptable de racismo, a pesar de ensañarse con personas e instituciones solo por su adherencia o presunta adherencia al islam y está presente en el discurso público, los medios, el entretenimiento e incluso la elaboración de políticas. Francia ha implementado toda una batería de medidas dirigidas contra los musulmanes, desde prohibir vestimenta religiosa en escuelas públicas hasta, bajo el actual estado de emergencia, poner a musulmanes devotos bajo arresto domiciliario basándose exclusivamente en la sospecha.

 

El odio contra los musulmanes y la violencia que le sigue son herramientas ideológicas útiles para el juego político. No solo permiten a los políticos y a las personalidades mediáticas evitar hablar de las fracasadas políticas socioeconómicas del gobierno, sino que hacen de los musulmanes franceses el chivo expiatorio ideal para estos reveses, además de crear un “enemigo interior” que sirve al gobierno para justificarse cuando no logra proteger a sus ciudadanos.

 

Los medios de comunicación han informado sobre el considerable aumento en incidentes islamófobos desde noviembre y no solo en Francia. Otros países, como Estados Unidos, el Reino Unido e incluso Canadá han visto como los crímenes de odio contra musulmanes aumentan, alentados por los atentados de 2015. El hecho de que los musulmanes representen la mayor parte de las víctimas de los llamados grupos yihadistas en el mundo, o que también sufran los ataques que se producen en Occidente no parece importar. Los medios tienden a representar las vidas de los musulmanes como menos importantes que las de los demás.

 

Las características transnacionales de las actuales corrientes antimusulmanas son parte de la realidad posterior a los ataques del 9 de septiembre de la que los musulmanes deben ser conscientes. De hecho, esta preocupación debería ser la señal para que los líderes y activistas musulmanes formen una red transatlántica mejor comunicada y mejor informada, que sepa enfrentarse a este reto. Es bien sabido que, tras el 11-S, se han desarrollado en Francia y Estados Unidos redes e industrias que despachan islamofobia, desinformación y racismo. Por ejemplo, según un reciente informe del Consejo de Relaciones Islámico-Estadounidenses, 37 organizaciones que promueven ideas antimusulmanas y la desinformación recibieron unos ingresos de 119 millones dólares entre 2008 y 2011. Un grupo conocido como American Laws for American Courts (ALAC) (Leyes Estadounidenses para Tribunales Estadounidenses) busca implementar una legislación que estigmatice las prácticas islámicas. Tan solo en 2011 y 2012, se introdujeron 62 decretos y enmiendas, en 29 estados, en el congreso de EE.UU. que contenían lenguaje extraído directamente del “Modelo de legislación” de la ALAC. Es un claro ejemplo del tipo de cambio sociopolítico en el que esta red antimusulmana puede influir. Se habla menos de las conexiones y las convergencias –ideológicas y logísticas– de las industrias a ambos lados del Atlántico más allá de las fronteras nacionales.

 

Unir los esfuerzos contra la islamofobia

 

No hay un contradiscurso ni una oposición fuerte a la corriente racista que transmiten la Europa contemporánea, la retórica del partido Republicano en Estados Unidos y el nativismo del anterior gobierno de Canadá liderado por Stephen Harper, entre otros ejemplos. Es, por lo tanto, de capital importancia unir los esfuerzos contra el racismo y contra la islamofobia en todo Occidente para crear un bloque fuerte.

 

La industria de la islamofobia a ambas orillas del Atlántico trabaja de forma conjunta para impulsar su trabajo y reputación mutuamente. Tratan los mismos temas, se reúnen para buscar objetivos similares y comparten sus contactos y recursos. Esto ha dado pie a una red global de esfuerzo antimusulmán que se apoyan los unos en los otros de una manera que los líderes de las comunidades musulmanas (especialmente en Francia, Reino Unido y EE. UU) todavía no han sabido identificar.

 

Por ejemplo, a los dos atentados que se produjeron en París en 2015 siguió una serie de entrevistas con líderes musulmanes de América del Norte. Los entrevistados tenían muy poco conocimiento del contexto político de los incidentes extremistas en Francia y Europa. Era especialmente llamativo que los entrevistadores, a medida que formulaban las preguntas, iban informando a sus invitados sobre lo que realmente estaba pasando en Francia. Las organizaciones y líderes musulmanes tienen que empezar a reunirse frecuentemente para que todas las partes entiendan el contexto completamente y se coordinen los esfuerzos a un nivel internacional, aprovechando la visibilidad que otorgan las organizaciones internacionales. Muchos de los países a los que los musulmanes occidentales llaman hogar tienen compromisos internacionales y, además, se proclaman líderes de la comunidad internacional. Es una oportunidad única que muy pocas organizaciones musulmanas han aprovechado.

 

Si estas reuniones transatlánticas se produjeran con cierta frecuencia, podrían darse cuenta de que gran parte de los problemas a los que se enfrentan los musulmanes a ambas orillas del océano son similares. De hecho, ese solapamiento es una prueba de la sorprendente convergencia incestuosa de la industria islamófoba multinacional. Lo que sucede en Francia y Europa sirve de modelo para mucha de la retórica que se utiliza en EE.UU y viceversa. Para que los musulmanes sigan avanzando, es necesario mantener esta realidad en mente.

 

Un laboratorio para el antisemitismo

 

Francia goza de la fama de ser un laboratorio para la aplicación de los valores republicanos (libertad, igualdad y fraternidad), pero no hay que olvidar la sangrienta historia de violencia política a la que están asociados, la gran parte de la cual se dirigía contra las minorías. Muchos suelen olvidar que, en el siglo XIX, Francia también fue el laboratorio europeo del antisemitismo moderno. Solo es necesario ver las páginas de escritores y filósofos políticos como Hannah Arendt cuya obra, ‘Orígenes del Totalitarismo’, describe la trayectoria del antisemitismo moderno, para recordar el papel que jugó Francia. En su Reflexión sobre la cuestión judía, el filósofo francés Jean-Paul Sartre detalló los mecanismos del antisemitismo, que van de una crítica al judaísmo a un odio a los judíos por quienes son, llegando a donde todos sabemos.

 

A quienes les importen los valores republicanos que Francia dice ejemplificar deben reconocer la historia de forma que impida una nueva tragedia. No podemos permitir que Francia se convierta de nuevo en un laboratorio de políticas racistas, esta vez ensañándose con los musulmanes en Europa y por el mundo. Los pensamientos y políticas antisemitas que plagaron gran parte del mundo acabaron en una tragedia sin precedentes en el siglo XX, una de las peores y más mortíferas de la historia. Los líderes y los ciudadanos deben reconocer la necesidad de evitar que la historia se repita. La lucha de los musulmanes franceses contra la islamofobia estructural no es solo una lucha por sí mismos, sino también por el resto del país. Abrir las puertas a la islamofobia, tal y como hizo Sarkozy a su llegada al poder a principios de los 2000, solo ha servido para debilitar a Francia, enfrentando a sus ciudadanos entre ellos.

 

Cuando me preguntan acerca de la demonización de los musulmanes en Francia, me viene a la cabeza una palabra: “islamodistracción”. Cada vez que se quiere evitar cualquier cuestión complicada sobre temas importantes, se juega la carta del islam. Es un fenómeno que no solo se produce en Francia, sino que es incluso más llamativo en Estados Unidos, donde tan solo el 1% de la población se considera musulmana. Sin embargo, la minoría musulmana ocupa un porcentaje desproporcionado de la cobertura mediática y de la atención de esta campaña presidencial (2016). Es como si los estadounidenses o los franceses no sufrieran problemas de representación política, déficits públicos, una desigualdad por las nubes, la violencia policial, un aumento de la pobreza, una caída de la calidad de la educación, infraestructuras envejecidas, un sistema de pensiones al borde del colapso y un gasto militar alarmante, entre otros problemas. ¿Quién se beneficia de que no se hable de estos temas?

 

Hoy en día, las señales no son alentadoras. El partido de extrema derecha francés, Front National (FN), liderado por la infame Marine Le Pen, está ahora integrado en el panorama político. Su padre, Jean-Marie Le Pen, fundador del partido y uno de los más conocidos antisemitas europeos contemporáneos, creó el partido con un carácter antijudío, condenándolo a los márgenes. Sin embargo, tras varios comentarios discriminatorios de su padre, Marine Le Pen lideró el movimiento para expulsarlo del partido en 2015 y también ha cambiado la fórmula del partido de una manera que no daña la estructura e ideología del partido.

 

La llegada al frente del FN por parte de Marine Le Pen ha introducido en el debate político discursos que hasta ahora eran minoritarios. Ha sustituido la retórica antisemita por una postura islamófoba, que encaja mucho mejor con el panorama actual europeo y con la opinión pública. Pone el énfasis en la adherencia del FN a los valores republicanos, que, según Le Pen, se están perdiendo debido a la corrección política, las leyes de inmigración permisivas y el débil intelectualismo liberal izquierdista.

 

De este modo, Le Pen ha conseguido un gran seguimiento mediático, gran parte del cual la muestra como una política que se quiere alejar de la vieja casta centrista francesa, responsable de haber traicionado los valores del país para contentar a las minorías y a los liberales. Por ejemplo, ha pedido una moratoria a la inmigración legal a Francia, afirmando que los inmigrantes contribuyen a la tasa de criminalidad y a la deuda nacional. A pesar del reducido éxito político del FN, Le Pen ha conseguido cambiar el clima político de modo que no solo afecta a Europa, sino también al resto de mundo. Su progreso refleja el de Donald Trump, otro aspirante a liderar un país cuya retórica incendiaria y actitud pomposa han polarizado Occidente. Sin embargo, Trump y Le Pen tienen la misma experiencia política: ninguna. Ninguno de los dos ha ejercido ningún cargo nacional (todavía), pero aun así pueden influir en la agenda política. Este vacío sideral en nuestras esferas políticas debe preocuparnos mucho. ¿Cómo pueden ser tomados en serio dos individuos con tan poca experiencia? ¿Dónde están las alternativas?

 

En este clima político, los musulmanes occidentales no solo deben luchar contra la injusticia, sino que además deben formar parte de proyectos más amplios para promover la justicia social como una obligación moral y mostrar preocupación por los demás. Los musulmanes occidentales no son los únicos que están sufriendo estas injusticias; no solo deben unirse entre ellos, sino que deben incluir su lucha en un movimiento mayor por la justicia social, junto con minorías étnicas perseguidas y grupos dominados socialmente.

 

Como ciudadano francés, creo que estamos llegando al final del actual sistema político francés; incluso grandes figuras políticas francesas piensan que es insostenible. La elección que nos queda es entre una sociedad atomizada, que pueda ser manipulada una vez más para dirigir su frustración contra las minorías y los más vulnerables o una que basa sus políticas en la unidad incluyente, que no excluya a sectores de la población por su religión o etnia.

 

La industria islamófoba

 

Las coincidencias entre los éxitos de Marine Le Pen y el ascenso de Donald Trump como figura política son extraordinarias. Trump se ha convertido en el islamófobo más destacado del mundo. Su propuesta para evitar que cualquier musulmán entre en EE.UU. va incluso más allá de lo que sugiere Le Pen. Los atentados de París y el tiroteo de San Bernadino han llevado a los ciudadanos estadounidenses, sobre todo a los simpatizantes de Trump, a considerar estas ideas racistas y antimusulmanas como razonables.

 

No obstante, esta convergencia con la política antimusulmana europea no debería sorprender. El holandés Geert Wilders, un político de primera fila, sigue siendo el islamófobo más reconocido del continente y acude con frecuencia a eventos antimusulmanes en el Reino Unido y América del Norte. Le Pen hizo lo mismo, tendiendo la mano a los islamófobos de la otra orilla del Atlántico.

 

En la Reunión de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa sobre la Implantación de la Dimensión Humana de 2015, el mayor evento de derechos humanos en el continente (y fuente de políticas transnacionales), que atrajo representantes de 57 países, me encontré con varias destacadas figuras antimusulmanas estadounidenses, que utilizaron el evento para promocionar su ideología. ¿Dónde estaban sus detractores musulmanes?

 

Todo esto debería servir de recordatorio a los musulmanes, tanto en Europa como América, que es necesaria la comunicación y la conexión entre los activistas a ambos lados del Atlántico, de forma que la islamofobia sea combatida de forma sistemática.

 

La globalización no solo nos permite comprar aparatos electrónicos fabricados en la otra punta del planeta más barato. Es también una oportunidad para que los activistas por los Derechos Humanos entablen vías de comunicación fuertes y compartan experiencias, recursos y conocimientos para poder mejor liderar su lucha.

 

Esto no significa que no haya importantes diferencias entre los retos a los que se enfrentan los musulmanes en EE.UU. y Francia. Las condiciones en Francia y gran parte de Europa son peores: las musulmanas francesas no pueden trabajar de funcionarias ni incluso de niñeras sin quitarse el velo, por ejemplo. Francia ha sido el primer país en aprobar algunos tipos de legislación antimusulmana y otros países occidentales han seguido su ejemplo, limitando los derechos religiosos de los musulmanes. Si no atacamos la raíz de estos problemas, es posible que los países en cuestión se enfrenten a las más graves consecuencias.

 

 

Traducido por Leandro James Español Lyons en el marco de un programa de colaboración de la Facultad de Traducción e Interpretación de la Universidad de Granada y la Fundación Al Fanar.

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