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La islamofobia, el islamismo y la crisis identitaria: cuando el miedo europeo se encuentra con el miedo a Europa.

Entrada de Jasmeet Sahotay, Peace Action, Training and Resarch Institute of Romania para el blog No hate speech Movement.

(Traducción de Borja Castellano García)

 

No traten a la gente como monstruos, no vaya a ser que se conviertan en los monstruos que tanto temen. No vaya a ser que se conviertan en monstruos ustedes también.

«Así como el hombre avanza en la civilización, y las tribus pequeñas se unen formando comunidades mayores, la razón más elemental diría a cada individuo que debe extender sus instintos sociales y sus simpatías a todos los miembros de la misma nación, aunque le sean personalmente desconocidos. Una vez alcanzado este punto, solo hay una barrera artificial que impida que estas simpatías se extiendan hacia los hombres de todas las razas y naciones». (Charles Darwin, El Origen del hombre)

Como inmigrante de segunda generación asiático-británico, con herencia mixta indo-irlandesa por una parte de mi familia, y herencia indo-sij por la otra parte (ambas ramas de mi familia vivían en las proximidades del centro de Londres o en los alrededores del mismo mientras yo estudiaba en un internado, lo que dio lugar a una diferencia marcada de acentos y experiencias entre ellos y yo) entiendo mejor que otra mucha gente la dificultad lo difícil que resulta formar nuestra propia identidad con una mezcla de características tan opuestas y paradójicas a las que aferrarme para definirme.

En el caso de los musulmanes en Europa, hay que añadir a esa mezcla el hecho de que la comunidad musulmana no solo tiene que hacer las paces con sus propias transformaciones culturales que retan los códigos morales de conducta y las prácticas culturales del sur de Asia, de Oriente Próximo, el norte de África y el Cuerno de África, enraizados en el islam, sino que además son testigos forzosos de la muerte y destrucción de aquellos que no pudieron lograr la oportunidad de una “vida mejor” en Occidente. Sufren discriminación y persecución por parte de las autoridades y el resto de la sociedad, día tras día leen periódicos que retratan su religión, cultura o etnia como algo intrínsecamente ligado a los crímenes de otros, y escuchan a los responsables políticos decir que su religión atenta contra los valores europeos, que no son bienvenidos o que, o bien se integran o tendrán que aceptar las consecuencias.

Es importante discutir el daño causado por la islamofobia y las concepciones erróneas que la sustentan, sí, y por ello estoy encantado de contribuir a ello en este blog en el Día Internacional de la Paz. Sin embargo, en el contexto de mi trabajo y de mi experiencia, creo que es igual de importante discutir el papel que tiene la islamofobia abierta y subversiva a la hora de modelar la identidad, y de qué conflictos de identidad emergen tanto la islamofobia como el islamismo. A partir de este debate, podremos entender de forma más completa cómo contribuimos al ciclo de la violencia y cómo podemos romperlo.

Hay muchos asuntos que he tratado aquí (desordenadamente, por lo que me disculpo) pero hay aún muchos más que han sido omitidos, unas veces de forma intencionada y otras no. Animo y doy la bienvenida a las aportaciones y las críticas de los lectores y me esforzaré en discutir con quienes estén interesados los comentarios, sugerencias y preocupaciones que puedan tener al leer lo que he escrito.

As-Salaam-Alaykum

 

Parte I. Los miedos post-coloniales

La «islamofobia» no es un fenómeno nuevo, desde luego. Desde un primer momento, el islam como religión nació en un mundo lleno de islamofobia. Incluso en los tiempos del profeta Mahoma, sus seguidores mantuvieron un conflicto abierto con los mecanos politeístas que temían una revolución social, y con las tribus judaicas que en su momento pertenecieron al gran reino himyarita y que buscaban restablecer su dominio en lo que hoy se conoce como Península Arábiga.

Sin embargo, el tema de la «islamofobia» moderna ha ganado mucha más atención en los años posteriores al 11-S y el término ha pasado a entenderse comúnmente como «rechazo intenso o miedo al islam, especialmente como fuerza política; hostilidad o prejuicios contra los musulmanes» como el Diccionario de Inglés de Oxford lo define [en inglés].

Por supuesto, hay una definición mucho menos digerible: «La islamofobia es un miedo rebuscado o unos prejuicios fomentados por la estructura de poder eurocéntrica y orientalista existente. Se dirige contra una amenaza musulmana real o percibida, mediante el sostenimiento y la extensión de las disparidades existentes en las relaciones comerciales, políticas, sociales y culturales, mientras se racionaliza la necesidad del empleo de la violencia como una herramienta para lograr la «rehabilitación civilizatoria» de las comunidades objetivo (musulmanas o cualquier otra). La islamofobia reintroduce y reafirma una estructura racial global a través de la cual las desigualdades en la redistribución de los recursos se mantienen y se extienden».

Y básicamente, mientras nos esforzamos en definirla, tenemos un sentido general o una intuición que nos permite identificarla cuando la vemos. Un ejemplo, en mi opinión, podría ser el debate divisorio sobre el niqab (el velo del rostro) o sobre llevar vestimenta religiosa de cuerpo entero en los espacios públicos en Europa. La prohibición del burka en Francia en el 2010 (La loi interdisant la dissimulation du visage dans l’espace public), y la posterior atención mediática que se le dio, son una clara muestra de ese debate.

Muchos defendieron que la aprobación de esa ley no fue «islamófoba» per se argumentando que era una salvaguarda necesaria para la protección de los valores comunitarios de la cultura secular francesa, que esa indumentaria religiosa era incompatible con las nociones liberales occidentales de liberación femenina y de libertad de elección, y que esas comunidades que no podían ser exhortadas a desafiar esos valores, deberían tener prohibido usarla.

Discrepo. Para mí, parece estar basado en un miedo a que la identidad poscolonial francesa se vea de algún modo amenazada por la llegada de otras culturas a su seno. Se trata de una concepción etnocéntrica, irracional, anquilosada y estrecha sobre cómo la identidad nacional debería definirse.

Ejemplos extremos de estas concepciones estrechas se pueden encontrar en el surgimiento de partidos populistas y de ultraderecha que se han extendido por Europa en los últimos años. Muchos, si no todos, basan sus programas en hacer frente a la amenaza cultural que el islam representa para Occidente. E incluso si esas mismas formaciones no son culpables de la islamofobia, quizás por mantener algo de credibilidad como fuerzas políticas dominantes, sí han legitimado acciones islamófobas cometidas por sus seguidores y han llevado el debate a la sociedad sobre hasta qué punto una religión, un simple reflejo socialmente construido de creencias, culturas y valores sociales aprendidos, debe ser o no bienvenida en las costas europeas.

La ultraderecha y los partidos populistas han tergiversado maliciosamente una religión entera, mostrándola como la mayor amenaza a la que Europa se ha enfrentado jamás, navegando en las aguas de un discurso político que incluso los políticos tradicionales han temido plantearse hasta hoy.

Tiene gracia que sea este ruido de trompetas apocalíptico anunciando «el choque de civilizaciones», lo que justamente provoque el choque que estos partidos tanto temen. Y no tiene tanta gracia que el resentimiento creciente contra la comunidad musulmana que fomentan, combinado con las formas violentas y reaccionarias de revitalización islámica en todo el mundo, sean las amenazas más peligrosas a las que el mundo islámico se ha enfrentado en catorce siglos de existencia.

Lo irónico es que tanto la inmigración musulmana como el islam son parte intrínseca de la identidad europea. Entre los ejemplos clásicos de la influencia islámica se incluyen el descubrimiento del álgebra, la mejora de la navegación y la astronomía, y la traducción y la transmisión del pensamiento filosófico de la Antigua Grecia a Occidente a partir del que se conformó su Ilustración.

Un hecho menos conocido popularmente es que fue un musulmán quien introdujo el secularismo en el pensamiento europeo. Averroes, «el comentarista», empleando la lógica aristotélica, postuló que la verdad tiene dos formas distintas, a saber, la verdad divina, que se refiere a las características de Dios y de la creación, y la verdad temporal, y defendía que el hombre debe gobernarse por la ley y la razón de acuerdo con las verdades a las que se enfrenta en la tierra y no con las verdades inconcebibles del cielo. Averrores fue perseguido tanto por líderes islámicos ortodoxos y como por la iglesia católica, y aun así, pese a todos los intentos de acabar con sus ideas revolucionarias, su trabajo siguió influyendo en la tradición escolástica cristiana al adoptar su lógica Tomás de Aquino.

Y Europa tampoco creció fuerte ella sola. Lo hizo a costa de sus súbditos, entre los que estaban los musulmanes a lo largo del norte de África, Oriente Próximo y Asia, mediante sus esfuerzos colonizadores que llegaron a casi todos los rincones del mundo y desangraron los recursos humanos y naturales que encontraron en aquellas tierras haciendo uso de la fuerza y la represión violenta, hasta dejar a aquellos países sin nada. No resulta extraño que muchos de quienes crearon la Europa actual, y que sufrieron por ello, no quisieran quedarse.

En los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial y a la descolonización de los imperios, las olas migratorias de musulmanes se encontraron en las tierras de sus antiguos amos. En el Reino Unido, muchos de esos migrantes eran de origen indio y paquistaní. En Francia muchos llegaron desde las excolonias de Oriente Próximo y del norte de África como Líbano, Argelia y Marruecos. Debido a la falta de una clase trabajadora suficientemente numerosa, los inmigrantes fueron reclutados para subsanar la posición económica europea en la posguerra, y para ayudar en los esfuerzos de recuperación económica. Mientras Europa oriental se reconstruía bajo el auspicio de la Unión Soviética y sus aliados, la Europa occidental utilizó de nuevo, entre otros, a los migrantes musulmanes y a los refugiados.

Las olas migratorias no han cesado, y las tensiones raciales y religiosas son ahora tan altas como siempre. La situación en Iraq y Siria, el empeoramiento de la coyuntura en Afganistán, las sequías, las hambrunas y otros desastres humanitarios en el Cuerno de África provocaron un repunte masivo de millones de personas musulmanas que solicitaron asilo en Europa en el año 2015.  En los últimos dos años me he hecho dos preguntas: ¿Por qué cuando tenemos pruebas históricas de que los beneficios que la migración aporta a la economía son netamente positivos, hay tantos Estados europeos que impiden la entrada a esos refugiados o les deniegan sus peticiones de asilo? ¿Y por qué los Estados cuyas culturas no se han enfrentado al reto del islamismo o de la migración musulmana han sido los que más fervientemente se han opuesto a aceptar refugiados de países musulmanes?

Está claro que hay algo que se considera más aterrador que las meras cargas económicas que tendrían los Estados que acepten a estos refugiados.  En esencia, estos refugiados representan una amenaza adicional para los dirigentes de esos países y que según ellos harán tambalearse los cimientos de lo que significa ser «europeo». Muchos de los nuevos miembros de la UE han mirado hacia Occidente, fijándose en el viraje al multiculturalismo, la erosión de la identidad nacional y la discordia creciente entre la diáspora musulmana y las autoridades, y han pensado «aquí no». Si esto lo contextualizamos en el desprecio que se siente a lo largo de Europa por la «élite» de Bruselas, la percepción de centralización del poder de los órganos de la UE, y el poder cada vez mayor de los tribunales europeos para castigar de formar efectiva las irregularidades cometidas por los parlamentos nacionales, causando terremotos políticos de envergadura en Rumanía, Hungría y Polonia, empezaremos a hacernos una idea de por qué una identidad más no es bienvenida.

 

Parte II. La Crisis de Identidad Islámica:

La globalización lleva, inexorablemente, a la homogeneización de la cultura (una monocultura) porque los diversos pueblos y culturas interactúan con más frecuencia y las tendencias se comparten más rápido recorriendo enormes distancias en microsegundos. Las frases icónicas de McDonald’s, Coca-Cola y Wonderbra que se han convertido en normas culturales, son reemplazadas por iPhones, Facebook y música electrónica dance (realmente mala). Sin embargo, en este contexto los conceptos tradicionales de comunidad, cultura y religión se vuelven cada vez más irrelevantes conforme avanza el siglo XXI.

Simultáneamente, la globalización ha provocado también una enorme diáspora musulmana, el intercambio instantáneo y transnacional de información e ideas de pensamiento islámico, y la interacción entre musulmanes de diferentes continentes y subcontinentes, con culturas tremendamente diferentes. Paradójicamente la globalización no es sólo una fuerza ante la que el islam está perdiendo terreno, sino un espacio en el que las nuevas identidades islámicas pueden ser «negociadas» y construidas, unas identidades cuya naturaleza está firmemente arraigada en el siglo XXI. Y estas nuevas identidades pueden verse enfrentadas a las identidades nacionales concebidas de forma tradicional por aquellos cuyos antepasados han ocupado un espacio geográfico durante más tiempo.

En resumen, los musulmanes se preguntan qué papel juega el islam en este nuevo mundo, tanto en términos religiosos como culturales, y cómo es eso de ser musulmán y británico, francés, estadounidense, etcétera.

De musulmán a musulmán, las respuestas a estas preguntas varían tanto como las experiencias de quienes responden. Para algunos, los valores y culturas de su herencia étnica y religiosa son secundarios con respecto los de sus nuevos países. Para otros pueden existir en paralelo forjando identidades duales que coexisten en una relativa armonía. Para un creciente, aunque aún relativamente pequeño número de musulmanes que sienten que han sido abandonados, maltratados o rechazados por sus compatriotas, la cultura y los valores islámicos priman tal vez hasta el punto de elegir el aislamiento y la retirada en sus propias comunidades para sentirse más seguros; y quizás lo hagan creyendo que el islam y Occidente son realmente dos realidades opuestas.

Mientras generalmente los estados europeos se están adaptando para ofrecer espacios negociados a las diásporas musulmanas que buscan seguir sus prácticas religiosas y tradiciones culturales en paz, hay una opinión en la esfera pública nacional que dice que «se espera que los grupos minoritarios se adapten a un sentido de pertenencia predeterminado. Puede verse en la “idea de Europa” y las normas consiguientes que han ayudado a reforzar el concepto y que, en el camino, provocan potencialmente resultados chovinistas y racistas. Las culturas individuales se homogenizan y se espera que se asimilen a una ciudadanía multicultural dentro de un marco cultural nacional existente, que finalmente lleve al monoculturalismo.»

Dado que luego discutiremos los «resultados chovinistas y racistas» en este artículo, de momento es importante recalcar el efecto que estos pueden tener en la construcción de la identidad para muchos musulmanes.

El «resurgimiento islámico» [NT: Islamic revivalism] suele ser el término más usado para describir una amplia variedad de movimientos que incorporan la teología islámica y la doctrina coránica a la práctica política moderna. Pueden ser intolerantes y exclusivistas o plurales; favorables a la ciencia o míticos y anticientíficos; principalmente religiosos o principalmente políticos; democráticos o autoritarios; pacíficos o violentos. A lo largo de los últimos cincuenta años, estos movimientos han sido cada vez más reaccionarios hacia la hegemonía occidental, el secularismo y la homogenización cultural o política. El concepto de la «Umma» está especialmente presente en el corazón de los movimientos panislamistas, que buscan unir a los musulmanes de todas las etnias, a veces con una firmeza unificada contra Occidente. Esta puede entenderse como una «comunidad islámica» global, o como un grupo de gente que comparten un linaje, una cultura y una fe común.

Los movimientos del resurgimiento islámico, empleando el concepto de Umma, dan una identidad y un sentimiento de pertenencia comunes a los musulmanes de todo el mundo, incluidas las comunidades de diásporas de Europa y de otros lugares. El uso de los mitos, imaginarios, lenguaje y eslóganes tradicionales «islámicos» que son entendidos y reconocibles por cualquier musulmán que se los encuentre, es compartido por todos los movimientos del resurgimiento islámico. Un ejemplo obvio es el takbir (la expresión«Allahu Akbar» que significa «Dios es el más grande») empleado fuera del ambiente tradicionalmente religioso, en momentos de protesta, desafío, y como es bien conocido en la cultura contemporánea occidental, usado por los insurgentes, militantes y organizaciones terroristas como grito de guerra.

Debido a la naturaleza políticamente emancipadora de los movimientos del resurgimiento islámico, estos han demostrado resultar particularmente atractivos para los musulmanes que se encuentran ante injusticias sociales y personales como tal percibidas: aquellos que sufren penurias, limitaciones de movilidad social, marginación económica y la denegación de sus derechos y libertades civiles; o aquellos que, por los efectos de la guerra, llegan más rápidamente a esos movimientos en  los que ven espacios para escapar y una oportunidad de reparación. También han demostrado ser atractivos para la juventud, menos educada en la religión y urbana y para aquellos que buscan sentido a su vida.

En muchos países europeos, hay pocos mecanismos adecuados disponibles para la juventud musulmana a través de los que poder comprender los problemas y las experiencias a las que se enfrentan. Los padres y las mezquitas de las comunidades inmigrantes pueden verse limitados en cuanto a habilidades intelectuales, lingüísticas, culturales, religiosas para poder comunicarse con las segundas y terceras generaciones. En lugar de recurrir a ellos, los jóvenes buscan esta información en internet, en sus círculos de amigos, en grupos de estudio religioso secretos y fraternales, centrados en un activismo político islámico.

Estos grupos proporcionan un mayor sentimiento de pertenencia e identidad y, aunque algunos no son violentos, muchos otros sí lo son. Estos ambientes son el escenario perfecto para radicalizar a musulmanes jóvenes y vulnerables, y son explotados por organizaciones terroristas de referencia islámica en todo el mundo a través de las que los musulmanes se vuelven aislacionistas, intolerantes, antioccidentales y fantasiosos. Muchos son capaces de justificar las muertes de inocentes empleando citas coránicas y expresiones, de las que no se les ha enseñado su contexto apropiado. Muchos son capaces de justificar su propia muerte en la persecución de sus objetivos ideológicos. Lo ven como una forma de liberación de la opresión y de la persecución, y como una salida para formarse una identidad que es únicamente suya.

Por ello, resulta fácil ver cómo las experiencias y los actos islamófobos directos e indirectos, tanto si son autoría de las autoridades o de la gente común, solo sirven para empujar a los musulmanes hacia ideologías y organizaciones que les puedan dar respuesta. Esto podría explicar mejor por qué muchos «combatientes extranjeros» occidentales vienen en ciertos barrios empobrecidos, son hombres mayoritariamente y tienen pocos conocimientos sobre religión.

Hay otro factor más que «empuja» a los musulmanes hacia esos movimientos, y que se asienta principalmente en una islamofobia cultural, quizás subconsciente, a saber, la guerra.

Muchos movimientos de resurgimiento islámico nacen en el contexto de la guerra, y otros muchos afirman que Occidente está en guerra con el mundo islámico, lo que evidencian los innumerables conflictos que Occidente y la comunidad internacional han provocado o han apoyado o en los que han fracasado a la hora de actuar, y de los que los musulmanes han sufrido las terribles consecuencias. Tanto Europa, especialmente Reino Unido y Francia, como EE. UU. han sido cómplices cruciales en el refuerzo de esa idea.

Aunque algunos argumentan que la amenaza militar que EE.UU. supone para los musulmanes es simplemente un asunto de malinterpretación por parte de los propios musulmanes, el hecho es que incluso las estimaciones del «mejor de los escenarios» sitúan en cerca de 30 musulmanes asesinados a manos de los EE.UU por cada estadounidense asesinado por un musulmán en la historia reciente.

«La proporción real probablemente sea mucho más elevada, y una cota superior de muertes musulmanas razonable (basada principalmente en las estimaciones más altas de «muertes colaterales» en Ira debido al régimen de sanciones y la ocupación tras el 2003) se sitúa bastante por encima de un millón, el equivalente a 100 muertes de musulmanes por cada pérdida estadounidense»

El mundo musulmán, tras el 11-S, ha visto guerras en Afganistán, Irak, Siria, Yemen, Libia y ha visto gotear la sangre derramada de los civiles de esos países de las manos occidentales. Pero puede que no sea solo «Occidente» el culpable, sino también otros miembros de la comunidad internacional. Los musulmanes han sufrido, como grupo demográfico, más que en otros países como Filipinas o la India entre otros.

Mientras se redacta este artículo, se están llevando a cabo violaciones sistemáticas de derechos humanos y otras violaciones flagrantes del derecho internacional bajo el gobierno de Aung San Suu Kyi en Birmania (Myanmar), que ataca concretamente a la población ruaingá, de los que alrededor de 380.000 han huido a Bangladés y más de 100 han sido presuntamente asesinados. Las historias explícitas y escalofriantes de masacres, violaciones masivas y el rechazo del gobierno a permitir el acceso de ayuda humanitaria a los civiles atrapados en la zona de conflicto han salido a la luz, aunque la comunidad internacional ha fracasado a la hora de actuar, pese a la creciente condena de los medios de izquierdas, las organizaciones de derechos humanos, actores prominentes de la paz y responsables de la ONU.

Hace unas pocas mañanas me desperté con las imágenes por satélite de las ruinas de un pueblo ruaingá que estaba siendo incendiado durante una «campaña orquestada» por las fuerzas de seguridad en el oeste de Birmania. Las imágenes parecían ser una alegoría accidental de la fría distancia con la que Occidente ve este genocidio y las muertes de los musulmanes en nombre de la «guerra contra el terrorismo», incapaz de comprender los horrores de la persecución.

No sería extraño que, dado el vínculo que muchos musulmanes sienten entre ellos ante las injusticias de sus países de origen, sintieran también que han sido perseguidos globalmente. El concepto de Umma entonces se vuelve aún más atractivo y se convierte en una fuerza política poderosa. Y una retórica islamista «clarividente» que profetiza un escenario inminente e inevitable en el que los «ejércitos de Roma» chocaría violentamente con «el califato», cobraría entonces sentido para algunos.

 

Parte III. Estalla la violencia.

Empleo el término «estallar» con reservas. Es en sí misma una palabra violenta: implica un sistema roto, o sentenciado, en el que el fuego, las cenizas y la muerte son sus consecuencias naturales. Este concepto estrecho de las manifestaciones de violencia socava la naturaleza subversiva de la violencia real. La violencia se puede manifestar, de hecho, en el conflicto directo entre partes en las que los individuos se dañan física, emocional y psicológicamente. Pero la violencia directa siempre se encuentra situada en un contexto de violencia estructural «habilitante» y de violencia cultural «justificante». Ambas conducen al sufrimiento, y a una mayor violencia, pero simplemente no se ven.

En las Partes I y II ya he tocado algunas formas de violencia estructural que los musulmanes padecen en Europa y en el resto del mundo. Se les niegan ciertos derechos de forma sistemática en EE.UU, como se puede ver en la lista de la Unión Americana de Libertades Civiles sobre «problemas de los musulmanes en los que nos hemos centrado». Pero esto no se limita a EE.UU. Amnistía Internacional publicó un informe a principios de año [2017] llamado «Peligrosamente desproporcionada», en el que se examinaban ocho formas en las que 14 Estados de la UE han ido desmantelando «el armazón del Estado de derecho» en nombre de las medidas antiterroristas. Según ese informe, esas medidas han tenido por toda Europa un impacto profundamente negativo y desproporcionado «particularmente en los musulmanes, los extranjeros o las personas percibidas como musulmanas o extranjeras». Esto incluye a pasajeros que han sido expulsados de aviones por «tener pinta de terrorista», mujeres a las que se les ha prohibido la entrada a las playas si llevaban determinado atuendo islámico, y niños refugiados que han sido arrestados por llevar pistolas de plástico. Teniendo en cuenta estas sistemáticas prácticas islamófobas, uno puede decir con certeza que la violencia estructural que los musulmanes sufren en Europa es también sistémica.

Este sistema islamófobo, eurocéntrico y estructuralmente violento se deriva de una «violencia cultural» mucho más encubierta que actúa como un titiritero, desde las sombras, con los incidentes violentos y los conflictos que observamos entre musulmanes y no-musulmanes. La violencia cultural abarca aquellas normas sociales, creencias y valores que justifican o permiten inadvertidamente la violencia estructural que tiene lugar. La podemos encontrar en el modo en el que las principales agencias de medios de comunicación usan su influencia para «amplificar amenazas alarmistas y teorías de la conspiración anti-musulmanas», o en el mito mucho más propagado de que el islam es una religión inherentemente violenta. No, de hecho, la última de estas violencias estructurales no se limita a los márgenes de la sociedad, sino que es tratada por muchos periódicos, periodistas y autores con miles y miles de espectadores en YouTube.

Esas opiniones no solo calan en individuos esporádicos sino que, gracias a las plataformas y a las voces «creíbles» que las sustentan, pueden influir y cambiar la opinión del público general hasta convertirse en legítimo el debate sobre si el islam podría ser considerado una religión más dada a la violencia que otras religiones. Hay indicios que sugieren en realidad que el islam, como cualquier otra religión, adquiere forma «tanto por sus propios postulados y demandas éticas como por las circunstancias específicas de las personas musulmanas en el mundo moderno». Esto justificaría ciertas prácticas como los chequeos adicionales en las fronteras estadounidenses, y a unas precauciones añadidas e innecesarias por parte de los no-musulmanes contra los musulmanes; tanto esas prácticas como las precauciones alienan y estigmatizan aún más a los musulmanes y tiene su origen en la islamofobia: el miedo al islam.

Esas formas de violencia estructural y cultural actúan, sin embargo, como un magma turbulento en el que flota la inestable corteza social. Llegado el momento, las estructuras que habilitaban la violencia, y las culturas que la justifican, ejercen tanta presión en el sistema social que observamos un estallido visible de violencia directa sobre el terreno como el terrorismo, los delitos de odio, la retórica islamófoba, islamistas exigiendo la introducción de leyes de la sharía, guerras en Oriente Próximo y en otros lugares, violencia y muerte, violencia y muerte, la pescadilla que se muerde la cola.

En esas zonas de guerra, la violencia refleja e incluso da sombra a una realidad diaria: la visión de la violencia como algo normal hasta que llega un momento en el que sólo se puede describir con estimaciones apocalípticas. Por ejemplo, observen la retórica usada por Abu Bakr al Baghdadi en su discurso inaugural desde el púlpito de la mezquita Al Nuri de Mosul: «Oh Soldados del Estado Islámico, sigan cosechando soldados. Hagan estallar los volcanes de la yihad por doquier. Prendan la tierra con fuego sobre todos los tiranos, sus soldados y quienes les apoyan… con el permiso de Alá».

O los relatos de los civiles de los alrededores de la zona de explosión de «la madre de todas las bombas» (MOAB) que fue lanzada contra los militantes del Estado Islámico en Afganistán a comienzos de año [2017] y que «prendió el cielo en llamas e hizo temblar la tierra». Según ellos «se sentía como si los cielos estuvieran desplomándose».

Para otros en Occidente, esos estallidos se producen en su vida personal y sin aviso derribando la ilusión de paz y seguridad que muchos han construido a su alrededor.

Una cita me viene a la mente cuando pienso en esos estallidos directos de violencia, en esa «guerra contra el terrorismo». En la película El Patriota, el personaje de Mel Gibson, Benjamin Martin, dice a sus compatriotas cuando discuten los méritos de haberse unido a la Guerra de Independencia contra las fuerzas coloniales británicas: «Esta guerra no mantendrá en la frontera ni en ningún campo de batalla lejano, sino entre nosotros, en nuestros propios hogares. Nuestros hijos aprenderán sobre ella con sus propios ojos. Y los inocentes morirán con el resto de nosotros»

Nosotros sabemos de esa violencia. La vemos regularmente en las noticias. Y no pasa sólo a miles de kilómetros de aquí o mucho más lejos. Nuestros hijos inocentes mueren con el resto.

Los musulmanes y los no-musulmanes sufren juntos. Simplemente conducir por una calle con el coche familiar puede resultar, en función del color de piel que tenga uno, en una desfiguración horripilante donde dicha piel se funde y separa del cuerpo en un acto brutal de ironía. Las aspiraciones de una chica para ser modelo se disuelven junto a ella, un hombre adulto se reduce a alguien que «gime como un niño» y a ambos se les niega la oportunidad bien merecida de vivir vidas normales en paz.

 

Parte IV. Caminos hacia la Paz, Caminos desde la Paz.

 Dejarse vencer por los miedos es el camino más rápido para regresar a este círculo de violencia. Como sociedad, debemos unirnos a la hora de reconocer juntos las crisis de identidad que estamos atravesando y que provocan la aparición de esos temores.

Los musulmanes de todo el mundo se están enfrentando sin miedo a sistemas que niegan o rechazan su derecho a ser musulmanes practicantes, y al mismo tiempo se enfrentan a las organizaciones islamistas violentas que socavan su derecho a ser musulmanes pacíficos. En el proceso, estos musulmanes crean espacios reales de participación ciudadana que permiten que las interpretaciones del islam del siglo XXI se fundan con las culturas islámicas de segunda o tercera generación. Ellos pueden convertirse, de hecho, en occidentales o europeos completos siendo completamente musulmanes (con cualquiera que sea la cultura de origen de sus familias).

Tomen como ejemplo a Linda Sarsour en su discurso inaugural para la Sociedad Islámica de Norteamérica en julio. En ese discurso ella se reapropió del término yihad, alejándolo del concepto que usan los islamistas violentos para referirse a su llamamiento a las armas a aquellos musulmanes que comparten su modo de pensar: «Y nuestro amado profeta (PyB) le dijo: Una palabra de veracidad frente a un gobernante o líder tirano es la mejor forma de yihad».

Y no solo eso, sino que además empleó ese término del que se han apropiado y lo volvió contra el otro sistema que amenaza su identidad islámica: «enfréntense a aquellos que oprimen a nuestras comunidades, ya que luchamos contra los tiranos y gobernantes no solo en Oriente Próximo o en la otra punta del mundo, sino aquí en los Estados Unidos de América»

Estos musulmanes se convierten en modelos de conducta para que otros musulmanes sigan su ejemplo. Ya sea en la política como Sarsour, en el activismo político televisivo de ven-graba-y-rapea de Riz (MC) Ahmed, o en el deporte como Muhammed Ali, ninguno de ellos teme defender su fe, sus elecciones vitales ni su identidad públicamente.

Los no-musulmanes y los europeos tienen que ser igual de valientes.

Es hora de que los sistemas educativos europeos abran debates francos, reales y abiertos sobre algunas de las atrocidades que las potencias coloniales cometieron en las tierras que subyugaron. Alemania representa un modelo, al menos, funcional con sus debates y la educación sobre el Holocausto y el reconocimiento directo de las acciones de los nazis. Aproximaciones similares en el Reino Unido y Francia permitirían que los espacios de reflexión que han emergido en los grupos de estudio religioso secretos, y ahora en las agendas de la izquierda, se abran al discurso del público general.

Este ejercicio es más necesario en caso de la población cuyos Estados han tenido un menor contacto con el mundo islámico, menos contacto con la inmigración y la diversidad cultural, que han interaccionado menos con la doctrina religiosa subversiva, entre los que están Polonia, Rumanía, Eslovaquia, Eslovenia y Hungría.

A estas personas decirles que sus gobiernos, y muchos de sus compatriotas, temen la diversidad cultural y el cambio. Pero este cambio ya ha sucedido, y continuará produciéndose mucho después de que ustedes hayan fallecido. Esto no significa que los musulmanes vayan a venir, ocupar sus tierras como hicieron los nazis y cambiar la religión nacional o la cultura. Significa que los musulmanes son parte de sus vidas y parte de una cultura global tanto si intentan resistirse como si no. Viniendo de una ciudad donde un tercio de la población nació fuera del Reino Unido, y muchísimos son hijos e hijas de esta gente, puedo decir con seguridad que la inmigración es algo bueno. ¿En qué otro lugar podría escuchar historias de Nepal, Polonia, Albania, la India, Kenia, Paquistán, Afganistán Suecia, Francia, Eritrea y de los viajeros gitanos en tan solo un solo día? El valor cultural de exponerse a sus experiencias y puntos de vista es incalculable.

Finalmente, a los europeos, occidentales, no-occidentales o como sean, les digo: enfréntense a la islamofobia allá donde la vean. Ofrezcan mecanismos para la defensa de los derechos humanos y de los valores, y resístanse cuando estos se vean amenazados. En el Reino Unido, TellMAMA es una herramienta fantástica de denuncia y seguimiento. En España, la Fundación Al Fanar tiene el «Observatorio de la islamofobia en los medios» que monitoriza, toma constancia y denuncia el contenido y los mensajes islamófobos en las noticias, en la televisión y en internet. Si su país tiene uno, úsenlo, si no, creen uno.

La unificación valiente de los mundos europeo y musulmán, con una identidad sinérgica propia, desinflará cualquier política identitaria basada tanto en el islamismo violento como en el nacionalismo europeo. Mediante ejemplos como estos, podemos reestablecer la confianza de la gente a nuestro alrededor desde todos los ángulos del espectro político, la fe en que el sistema está funcionando de nuevo y no está estropeado. Que nuestra identidad es la de un solo pueblo, y que ciertamente no está amenazada.

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